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Los esposos escriben una co-biografía juntos
Por: Dr. Paúl Corcuera(*)
Los primeros días de julio se celebró en Valencia el V Encuentro Mundial de las Familias, en el que participó el Papa Benedicto XVI. Su Santidad, ha hecho suyo el mensaje de Juan Pablo II y ha decidido dar continuidad a estos encuentros creados por su predecesor, pues sabe muy bien que “entre los numerosos caminos, la familia es el primero y el más importante”(1).
El Santo Padre se ha referido a diversos aspectos en torno al “don divino de la familia”.Considero que un regalo de esta naturaleza, conlleva a reflexionar sobre algunas claves del amor conyugal, pues es en el matrimonio indisoluble entre varón y mujer donde reside el origen de la familia.
Lo primero que hay que considerar es que hemos sido creados para amar, y es la vocación del amor lo que hace del hombre una auténtica imagen de Dios. La persona -nos recuerda Juan Pablo II (2) - sólo se realiza plenamente a sí mismo cuando hace una entrega sincera de sí a los demás. La vocación al amor se manifiesta en la familia, en esa comunión de personas que el varón y la mujer forman con su unión. Así, se entiende que el cuerpo de ambos no son sólo biología, sino expresión y cumplimiento de su humanidad; es decir la sexualidad debe estar integrada a la persona, sino pierde su sentido.
El amor conyugal refleja la unión de amor entre varón y mujer, y trasciende a cada uno de ellos para adquirir una identidad propia. El amor entre los esposos genera un “nosotros”, un co-ser, único e irrepetible. En otras palabras, los esposos escriben una co-biografía juntos; por eso es tan importante que cuiden de esa vida en común que han iniciado al momento de casarse. Esto implica hacer crecer o restaurar su unión cuando se produzcan los desgastes y conflictos propios de una interacción humana.
Si bien nos hemos casado para ser felices, el secreto de matrimonio no es que no haya problemas, sino estar preparados para hacerles frente. Aquí vale la pena recordar que el tiempo es una dimensión integrante de nuestras vidas, de tal manera que si cambiamos-mejoramos-con el tiempo, el amor también lo hace; madura. Si bien una persona se casa “por amor”, lo hace sobre todo “para amar”, y se compromete a poner los medios necesarios para que ese amor naciente pueda resistir el paso del tiempo. El “sí” que se dan los novios va más allá del tiempo presenta, significa “para siempre”, y constituye el espacio de la fidelidad. En palabras de Chesterton se diría que es dichoso el hombre que se casa con la mujer que ama; pero lo es más aquel que ama la mujer con la que se ha casado.
El amor conyugal es una conquista diaria y corresponde por tanto a los esposos revisar constantemente, en un clima de respeto y comprensión mutua, las características e identidad de ese “nosotros” que debe construirse con lo mejor de cada uno. Los cónyuges deben estar dispuestos a renovar cada día esa donación sin condiciones, esa entrega total que se juraron al momento de casarse. He aquí el gran juego del amor, que nos mueve a enamorarnos constantemente uno del otro, y a demostrar cariño (de don-acogida) en detalles concretos cada día. Sólo así la vida adquiere un relieve mayor, de eternidad.
La llegada de los hijos, como paradigma del amor conyugal, conlleva nuevas exigencias a los esposos. Para Benedicto XVI, sólo el amor entre el padre y la madre es garante de unos hijos seguros y responsables de su libertad, pues les enseña “la belleza del amor fiel y duradero”. Ojalá, efectivamente, que los hijos contemplen más momentos de concordia y felicidad entre los padres, que de discordia y distanciamiento.
Todos los matrimonios pasan por momentos difíciles, pero hay que luchar para que el amor no muera, y a veces es necesario pedir ayuda. El Santo Padre nos recuerda que las familias que luchan por mantenerse unidas no pueden lograrlo en soledad, y menos en una sociedad llena de contradicciones. Deben apoyarse en primer lugar en la gracia divina; luego, contar la ayuda de otras familias que sirvan de ejemplo. La comunidad eclesial tiene, así mismo, la responsabilidad de ofrecer acompañamiento, estímulo y alimento espiritual que fortalezca la cohesión familiar.
El futuro de la humanidad depende en buena parte de la familia; ésta lleva consigo el porvenir mismo de la sociedad, su papel especialísimo es el de contribuir eficazmente a un futuro de paz, pues es una escuela de humanización, aquel “ámbito privilegiado donde cada persona aprende a dar y recibir amor”.
(1)Juan Pablo II, Carta a las familias.
(2)Juan Pablo II, Gaudium et Spes, n.24.
(*) Dr. Paúl Corcuera
Director del Instituto de Ciencias para la Familia
Universidad de Piura
Artículo publicado en la Revista Amigos, número 56 año 2006.
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