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La fidelidad en el matrimonio
Por: Mgtr. Mariella Briceño de Camminati(*)
Parece ser que en el Perú los casos de hombres y mujeres que tienen hijos fuera del matrimonio no sólo abundan, sino que se han convertido en una situación “normal”. Incluso personajes políticos de la esfera pública, escogidos por la ciudadanía para dirigir el país, no dan muestra de ser padres – y esposos – verdaderamente responsables. Más allá de juzgar comportamientos o imponer calificativos personales, se trata de no perder de vista los compromisos que exige la vida matrimonial.
Puede palparse un permisivismo generalizado en la sociedad que lleva a pensar que “sacar los pies del plato” les pasa a todos, o que reconocer a los hijos que nacen de esas “relaciones ocasionales” es suficiente para “pasar la página”. ¿Acaso tenemos que aceptar que la infidelidad es algo inevitable en el matrimonio?, o ¿que la paternidad se limita a hacer un reconocimiento legal de los hijos y ofrecerle las seguridades materiales que por ley les corresponden?
La fidelidad entre un varón y una mujer es algo inherente, natural en el verdadero amor y no es una alternativa de elección. Cuando un varón y una mujer se aman verdaderamente, una tercera persona no cabe, sobra. La dinámica natural del amor humano tiende a la unidad de uno con una para siempre y los invita a perpetuar su historia, a la entrega y a la acogida plena a partir del matrimonio.
El “sí” del matrimonio es una decisión libre de los amantes, refleja la dimensión más profunda y grande de la libertad del ser humano que por ser libre, en el sentido que es dueño de sí, puede mediante una decisión de su voluntad, dar todo su futuro a alguien. Significa “me comprometo a quererte”, un compromiso de amor que convierte en comprometido al amor.
Cuando uno de los cónyuges rompe con ese compromiso comete un acto de injusticia, pues por propia voluntad, desde que se casó, no se pertenece sólo a sí mismo, sino que le pertenece al otro cónyuge, es del otro (“soy su marido”, “soy su mujer”) y por tanto le debe amor y respeto.
Durante el desarrollo de la vida matrimonial nadie está libre de momentos difíciles, de incertidumbre, de angustia, de dolor, de frustración; pero eso no justifica romper con los compromisos adquiridos y hacer lo que se nos venga en gana. La madurez del varón y la mujer a quienes se les presenta un problema, está en reconocer el problema, afrontarlo y poner todos los medios para superarlo. Sin duda este superar problemas ayuda al crecimiento personal y a una mayor unión entre los esposos.
Asumir la responsabilidad de nuestros actos demuestra en buena parte nuestra calidad humana; pero tan importante como asumirlos, una vez cometidos, es también poner todos los medios para evitar ponernos en riesgo. Las infidelidades casi siempre se inician con historias de amistades y encuentros “inofensivos” con personas del otro sexo (un compañero de trabajo, un vecino, un conocido). Lo inevitable llega cuando esa persona ocupa más atenciones y más cariño que nuestro propio esposo (a). Por eso es tan importante dedicar tiempo al hogar, salir con nuestro cónyuge, conservar ese espacio de intimidad propio de los enamorados.
En una sociedad hostil es importante proteger nuestro matrimonio con una atención especialmente fuerte. Urge que hombres y mujeres nos esforcemos en cumplir la palabra empeñada, empezando por lo fundamental: ser fieles en el matrimonio.
(*) Mgtr. Mariella Briceño de Camminati
Miembro del Instituto de Ciencias para la Familia
Universidad de Piura
Artículo publicado en boletín Desde El Campus, diciembre 2006.
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