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Por favor háblame del amor

Por: Dr. César Chinguel Arrese
Profesor de la Facultad de Ingeniería y miembro del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad de Piura.(*)

Siempre tengo presente a los jóvenes, porque además de ser padre de familia de hijos que inician la juventud, soy profesor universitario. Observo que una de las cuestiones más importantes de una formación integral para ellos es entender la plenitud del amor humano. En un ambiente cada vez más agresivo y confuso, de matrimonios que se rompen y donde la sexualidad se banaliza, es importante que los jóvenes puedan encontrar alguien confiable que “les hable del amor”.

Lo esencial es que el amor entre un varón y una mujer tiene tres grandes estancias que configuran distintos grados de unión a largo de toda su existencia. Cada una de estas estancias son, por ser naturales, muy buenas, y cada una de ellas aportan un bien específico, un bien que las otras estancias no pueden aportar. Tan cierto es esto, que si una estancia no se vive de modo pleno, las demás estancias se resienten y, quizá nazcan en cierto modo disminuidas.

La primera estancia es el enamoramiento. En esta estancia aparecen todas las tendencias propias del amor conyugal, como son: la tendencia a la unión, la tendencia a la exclusividad, la tendencia a la perpetuidad, y la tendencia a recrear el mundo (engendrar). Pero todas estas tendencias se encuentran aún en su condición de tal, es decir: son sólo tendencias, aunque ya nos van indicando si aquel amor “vale la pena”.

Esta estancia suele nacer en la adolescencia, y se manifiesta con el sentir una soledad íntima. Aparece la necesidad de saciarla buscando a otra persona para compartir parte de nuestra intimidad. Entonces se produce un descentramiento de nuestro yo más íntimo, que se traslada hacia el exterior de nuestro cuerpo. Ese bullir que sentimos en nuestro interior cuando la amada se aproxima, o simplemente al pensar en ella, es ocasionado por este descentramiento natural.

En el enamoramiento la relación es inestable, porque se apoya fundamentalmente sobre los aspectos biológicos, somáticos y afectivos. Esto no quiere decir que la inteligencia y la voluntad no participen, sólo que nuestras dinámicas sensibles tienen mayor protagonismo. Por eso, cualquier conflicto hiere profundamente porque se tiene la intimidad “a flor de piel”. Esta primera fase del amor no tiene en sí misma las ayudas para soportar toda la vida matrimonial.

En el matrimonio surgen dinámicas que permiten el aunamiento personal, en el que se implica la libertad de los esposos de modo radical. La inestabilidad del enamoramiento no soportaría una unión de por vida. La ilusión del romance del enamoramiento no alcanza para soportar el navegar co-biográfico de los esposos, pues la vida diaria está llena de pequeñas cosas que necesitan de un trabajo arduo.

Sin embargo, hay algo maravilloso escondido en las situaciones más comunes, algo que nos supera, y que corresponde a cada uno de los cónyuges descubrir. El matrimonio exige, y exige mucho. Si ambos esposos se esfuerzan, se desviven por su cónyuge, irán descubriendo que esa prosa, aparentemente oscura, escondida, intrascendente, se alza sobre sí misma, y se convierte en los versos más hermosos por amor.

Aprovechando que el último domingo hemos celebrado el día de la juventud, me dirijo sobre todo a los jóvenes para animarles a tener esperanza en el matrimonio como un camino de felicidad, que se construye a diario con entrega generosa. Si los esposos viven incondicionalmente el uno por y para el otro, el matrimonio realmente vale la pena.

(*) Artículo publicado en diario Correo, Piura 26 de septiembre de 2007.


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