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“El mayor peligro del matrimonio es el egoísmo”

Entrevista a la Dra. Mariela García, miembro del Grupo Promotor del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad de Piura

¿Se puede decir que matrimonio y la familia están en crisis?
Los datos que recibimos parecieran indicar que sí. Si bien es cierto que problemas como el divorcio y las separaciones o rupturas familiares nos tocan cada vez más cerca, las crisis vienen más por el lado personal. La falta de humildad, en contrapartida con la sobreabundancia de amor propio, orgullo soberbia, afectan la integridad del matrimonio. Veo en el egoísmo el mayor peligro de la vida conyugal, y es que nos han vendido muy bien la receta de equiparar el amor con el bienestar.

La gran paradoja es que dos personas que se unieron por el vínculo matrimonial deseando lo mejor el uno para el otro y anhelando ser felices, llegan a experimentar profundos sentimientos de dolor, frustración y soledad. El matrimonio es una maravillosa ocasión no sólo para salir de nosotros mismos, sino de vivir una vida feliz procurando en el camino la mejora mutua.

¿Qué les recomienda a los matrimonios y familias?
Me valdré de un ejemplo. Imagínense que son malabaristas y se ganan la vida manejando platos con destreza en el aire. Esos platos representan las distintas cosas que todos tenemos habitualmente entre manos: el trabajo profesional, los amigos, la familia, la salud, etc. Cualquiera de esos platos se puede romper, salvo uno: la familia. Nuestra familia es aquello que hemos resguardar sobre todas las demás cosas en la vida porque es lo más valioso que tenemos.

¿Cómo proteger a la familia en la práctica?
Primero dándole la prioridad que se merece sobre este punto –ya cada uno puede hacer un auto examen –, segundo, viviendo dos movimientos que en la vida matrimonial y familiar son de una importancia radical: El “don” y la “acogida”. El “don” tiene que ver con la comprensión y vivencia íntima del ‘nosotros’. Los cónyuges, al tomar decisiones respecto de un asunto, deberían esforzarse por pasar del Yo (mi ‘inmejorable’ punto de vista) y del Tú (la opinión del otro) a un tercer punto distinto: el nosotros. Reconocer ese plano y ser consecuentes con todo lo que implica la búsqueda del nosotros en las distintas circunstancias de la vida matrimonial es el mejor caldo de cultivo para procurar una auténtica salida de nosotros mismos y hacernos capaces de escribir una co-biografía junto a nuestro cónyuge.

Cuesta darnos; lo habitual es querer recibir del otro todo lo que me produzca altos niveles de satisfacción.

¿Y con respecto a la acogida?
La acogida tiene que ver con la capacidad de aceptar al otro en su totalidad –y esto que suena sencillo pero que no lo es tanto –, conlleva cuando menos dos cosas. Primero, aceptarlo como varón o como mujer, tarea harto compleja porque significa superar las diferencias propias de cada sexo y valorar la riqueza de la complementariedad. Segundo, aceptar los defectos del otro –a la par que sus virtudes –, y esto sólo es posible cuando hemos alcanzado un mínimo de madurez y de calidad como amadores.

Tanto la diferenciación entre el varón y la mujer, como la conciencia de la propia imperfección nos llevan a ver en el don y la acogida aspectos que conducen a un matrimonio saludable y perecedero.

¿Conocer estos dos movimientos asegura la felicidad conyugal?
No, pero vaya que sirven para tener claro el sentido del matrimonio y trazar el camino. El secreto en el matrimonio no es que no hayan problemas, pensar así nos conduce hacia un modelo en el que la lógica de la vida matrimonial se reduce a vivir un planteamiento como éste: “me caso contigo porque te quiero”, que resulta muy diferente de este otro “te quiero porque me he casado contigo y me comprometo a quererte”. Este último estadio contiene una vivencia del don y acogida de mayor calidad, porque fomenta el esfuerzo, el crecimiento de los cónyuges como personas. No necesitamos ser grandes especialistas para darnos cuenta de que es allí donde encontraremos la verdadera felicidad. Esto la mujer lo tiene muy claro en cuanto madre, pero menos en cuanto esposa. Por su parte al varón le resulta más sencillo ‘darse’ (entregarse) al trabajo y a su desarrollo profesional con un fuerte riesgo de hacerlo en detrimento de su dedicación a la familia.


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